domingo, 23 de abril de 2017

Adiós


No es fácil decir adiós. No lo es siquiera a lo desagradable (seamos sinceros, cuesta), mucho menos a lo agradable. Y este es mi caso.
Después de más de año y medio, de venir de una manera, cambiar a otra, y terminar de un modo totalmente opuesto, es momento de despedirse. Madrid, me lo has dado todo, me lo has quitado, y me has dejado con valiosas lecciones, con amistades de las de verdad, y con todo el terreno preparado para lo que viene a continuación.
Ha sido gracias a ti, que tanto me has ofrecido y sigues ofreciéndome aún en el día en que te digo adiós, que hoy tengo un poco más claras mis virtudes, y puedo pelear mejor contra mis defectos. Eres una "tierra de oportunidades", un lugar que nunca terminas de explorar y, en mi caso, el lugar donde he conseguido conocer más a fondo al Juan que ha vivido durante casi 26 años.
Me da muchísima pena marcharme. Por suerte es pena de la buena, pena que sale porque sé lo que dejo aquí, que por otro lado no pierdo. Sí me alejo irremediablemente, más aún teniendo en cuenta el soberano coñazo que es viajar de San Sebastián a Madrid. Pero lo dicho, dejo en Madrid muchos buenos recuerdos, muchas buenas personas. Ha costado, pero me marcho en el momento perfecto en términos personales,  y anímicos.
Me quedaría mucho más, quienes me habéis preguntado y habéis hablado conmigo del tema sabéis que me da muchísima lástima no poder disfrutar más de esta maravillosa etapa. La vida a veces te hace saborear lo mejor, te deja en la cumbre, para que cuando te marches recuerdes eso como algo increíble. Mi madre, en su día, siempre nos decía que cuando salíamos de noche lo mejor era volverse en el mejor momento, y no en el de más bajón, porque te quedabas con peor sensación que si te forzabas a marcharte más temprano. Y la verdad es que no le faltaba razón… aunque ella lo hacía porque no quería dejarnos salir de más, pero la lección estaba ahí igualmente.
Cada ruptura de mi rutina, cada cambio de aires, cada cambio de chip, me provocan una tristeza tremenda. Sé que el apego en general a algo no es necesariamente bueno, que las costumbres cuesta quitarlas y que hay que tener una mentalidad capaz de moverse hacia adelante sin que la puedan entorpecer elementos que van a quedarse atrás. Pero es que no somos pocos los que sentimos especial cariño por aquellos momentos, lugares o personas que creemos que han sido los artífices de que seamos a día de hoy los que somos.
Don Ramón de la Cruz 90, Bretón de los Herreros 45, Dulcinea 35, CEG, Castellana 110, Torre de Cristal… Alberto, Patricio, Teresa, Karla, Tamara, Dani, Lucía, Charlotte, Almalucia, María, mi Anita, Emilio, Cris, Vic, Carlota, War… y muchos otros. Gracias.
A unos por acogerme en Madrid, a otros por apoyarme, a otros simplemente por estar… A todos os tengo algo que agradecer porque habéis estado a mi lado en las buenas y en las malas. Habéis creído en mi cuando yo mismo no lo hacía, y habéis puesto de vuestra parte para que yo estuviera bien. He sido pesado hasta la saciedad en algunos momentos pero no habéis renunciado a ayudarme. Y eso no se olvida.
Hay veces en las que crees que sabes mucho de algo, o de todo, un "tolosa" que llamamos. Y quizás sea cierto que en el fondo somos conscientes de lo que nos rodea, de lo que mueve a las personas, pero hasta que no experimentan algo que haga que muestren su verdadero ser, no puedes aprender ninguna lección. Y he conseguido aprender varias lecciones, unas por las buenas y otras por las malas.
De las que he aprendido por las malas, todos los que me conocéis habéis sido partícipes de un modo u otro. Han sido momentos, días, meses… Una parte importante de esta etapa que hoy se acaba. Y quiero sacarle el lado positivo, ya con la capacidad de verlo desde la distancia y la indiferencia. Solo podría decir que de todo se puede aprender, más aún de lo que uno no tiene ni que experimentar. Nunca diría tanto como "agradecer", pero sí creo que hasta lo malo ha jugado un papel importante, y ha motivado que algo dentro cambie, que se produzca un antes y un después, que lo que quizás estaba antes hibernando haya despertado. Y sé que va a ser fundamental para lo que viene ahora, en lo profesional y en lo personal. Y a quien haya podido generar esta situación no le guardo ningún rencor, porque vivir con eso es tener un grave problema, y no podemos darle el lujo de, una vez pasado lo malo, permitirle que siga haciendo que nos sintamos mal, en este caso por tener esa sensación de que deseas que pague por lo que ha hecho. Te pega su propia forma de ser, su vacío e insatisfacción, y creedme que eso puede devoraros por dentro.
De las que se han aprendido por las buenas, solamente quiero remarcar que estamos, desgraciadamente, muy condicionados por estereotipos, por prejuicios… Y que hay ocasiones en las que esos defectos nos crean barreras que no nos dejan ver la realidad. Todo lo bueno que me han mostrado las personas, todo eso que no pensaba que pudiera ser como creía, lo he recibido y lo he aplaudido. Mucho tengo que aprender todavía, en la parte que menos se ve de mi.
Y, ¿a quién no le ha pasado que, después de un tiempo y de sentirse bien en un sitio, pasea por ciertas calles, se para, se sonríe a sí mismo como un tonto y piensa "mira, ahí estuve con nosequién, ahí pasé tal día, etc"? A mí me ha pasado continuamente. Nostalgia. Es una sensación totalmente distinta a la que pude vivir cuando dejé Pamplona después de 6 años, y eso que también me dio pena. Pero es Madrid, por el motivo que sea, la ciudad que más me ha marcado. Hay tantos lugares por los que he paseado, tantos sitios que he visitado… He de reconoceros que aun hay sitios que olvido recordar, y que si Dios quiere podré en un tiempo verlos desde otra perspectiva y poder sumarlos a lo bonito de esta experiencia.
Aunque pueda parecer lo contrario, apenas me salen palabras para describir lo agradecido que estoy a todos los que os habéis molestado en conocerme, y no sabéis la tristeza que me da dejar esta ciudad. No quiero alargarme, porque no terminaría de ir describiendo uno a uno los momentos y personas tan increíbles que he tenido la oportunidad de vivir y conocer.
Así que gracias, de corazón. Tenéis un amigo para cuando lo necesitéis.
Y tú, Madrid, un pequeño gran hueco en mi corazón.



martes, 17 de enero de 2017

Me lo dije


Si echo la vista atrás, hasta la última entrada de este blog, tengo que retroceder exactamente un año, y eso asusta, porque han pasado muchísimas cosas desde que plasmé por última vez mis pensamientos en este “muro” virtual. Indudablemente, las preguntas que me rondan la cabeza son infinitas, no sabría por dónde empezar, y si tuviera algo que decir sería que no quiero pensar más. El año 2016 voy a recordarlo siempre como un año de luces y sombras, un año en el que han pasado cosas buenas, pero que también ha tenido su dosis, más pronunciada que de costumbre, de momentos en los que el pánico o el miedo se han apoderado de mí, y eso es algo que me sorprende, porque creía que, en el ámbito que me estoy refiriendo, nada podría romperme los esquemas. Me equivoqué. Piensas que sabes de un tema, y llega algo y te trastoca completamente los planes, dejándote sin ningún margen de maniobra, y sin saber cómo reaccionar ante un proyecto que afrontabas con la mayor de las ilusiones. Reconozco que, mirando en las dos entradas que publiqué el año pasado, todo vuelve a la palestra y se hace más aplicable que nunca a lo que me ha podido pasar, y, aunque me alegra tener “razón”, jamás quise, en este tema, estar en lo cierto. Es una sensación rara, a la que apenas puedo poner palabras, porque las he gastado todas en un infructuoso intento de… nada.


Todo, de un día para otro, puede pasar de parecer tan real, tan auténtico, tan único, a un verdadero fracaso, una debacle sin precedentes, una desilusión digna de leerse con letras mayúsculas. Espero que me perdonéis la teatralidad, el drama añadido, pero necesito plasmarlo en estas líneas tal y como me viene de dentro, y prefiero no contenerme.



Quién me iba a decir que experimentaría, casi a modo de karma, la misma situación dos veces en un mismo año, una desde una posición, y la otra desde la opuesta, no resultándome ninguna, os lo puedo asegurar, agradable. Una buena dosis de mi propia medicina, podríamos decir, aun así. Este año que ha terminado ha estado cargado de momentos vitales para mí, momentos que he vivido por primera vez, y que conforme pasaban pensé que serían el preludio y la base de algo grande, pero sorprendentemente no vi venir el fracaso, y me caí con todo el equipo. Reconozco que desconecté, puse el piloto automático, y no controlé ni siquiera las turbulencias, y el avión terminó estrellándose. Recogí hace poco los restos de lo que quedaba del Juan del 2015 y de principios de 2016, y me puse a reconstruir. Es difícil hacerme mi propia autopsia, y no sé si estoy muerto del golpe al estrellarme contra el suelo, o del agotamiento del tiempo cayendo sin poder evitarlo.



Ahora las cosas parece que vuelven a su cauce, sé que apenas ha pasado tiempo y, sobre todo, aún no sé cómo pudo caer ese rayo y no verlo. No dejo de preguntarme lo mismo que muchos hacen: “¿qué hice mal?”, “¿qué pudo fallar?”, ¿saldré de esta?”. Desgraciadamente, he mirado tanto tiempo dentro de mí que me he olvidado de que los aviones tienen, como mínimo, dos motores, y que en algo que es de dos son ambas alas las que tienen que funcionar. Resulta extraño haber tratado de pilotar un avión con solamente un ala, porque es imposible llegar a ningún lado. Encontré, el día que ese avión ficticio se estrelló, la respuesta que menos me gustó, pero que me ayudaría a superar este episodio, enterrar los restos y dar por cerrado este “siniestro”. Ahora solo espero que pase el tiempo, volver a recomponerme, y ser feliz… algún día.

lunes, 18 de enero de 2016

El hombre que susurraba a los caballos

Casi como caída del cielo, hoy se me ha presentado una película que podría decirse que define muy bien las sensaciones a las que me he tenido que enfrentar en estas últimas semanas. Como no quiero hacerle un spoiler a nadie, basta que os diga que voy a ir señalando algunas de las notas características de la película, pero sin desvelar toda la trama.

En primer lugar, tenemos al caballo. No me he puesto a mirar en internet qué representa la figura del equino, más allá de lo que yo me he aventurado a imaginar. El caballo es el centro de la película, el argumento principal sobre el que giran el resto de historias. Este caballo desbocado representa las situaciones que parecen no tener un sitio por donde cogerlas, y que da la sensación de que lo único que cabe es poner punto y final a su vida, o dejarlo marchar para que viva en libertad. Partimos del problema con el caballo, para darnos cuenta de que detrás de ese problema hay otros que ansían ver la luz. Y eso es lo que va sucediendo.

De las distintas escenas y personajes, me quedo con varias ideas que son perfectas para aplicarme a mi mismo, y a todo aquel que tenga un perfil emocional, dominado por los sentimientos, y donde parezca que usar la razón está vulnerando todos los principios que siempre juramos mantener. Pero puede que nos hayamos equivocado, y que todo sirva para estar mejor en el presente y en el futuro.

1.     Hay que saber luchar por salvar situaciones problemáticas. Acabar con los problemas a base de “liquidarlos” no es la manera cuando sientes en tu interior que se puede hacer algo más, y que la lucha no supone un esfuerzo imposible de realizar.  A veces te irías al fin del mundo con tal de solucionar algo, y no por ti, si no por la persona a la que más afecta este problema. Ese gesto desprendido, altruista y generoso, puede salvar muchas causas  perdidas.

2.     Gestionar los problemas conlleva saber gestionar a las personas. Cuando tenemos una situación que se desestabiliza, que deriva en malestar, no solamente hay que saber elegir la mejor opción para que no persista esa tensión en la cuerda, si no ver el otro lado, ponerse uno mismo en los zapatos de la otra persona, e intuir qué necesita para estar mejor y cómo lo necesita. Es crucial entender, para poder avanzar. De lo contrario, estaremos con miedo a decir algo, no vaya a ser que la persona que está en la disputa no sepa encajar nuestras palabras.

3.     Del mismo modo, hay que saber gestionar las emociones. Un caballo desbocado lo alimentan unas emociones inquietas, y mal dirigidas. Siempre he sido de los que siguen el dictado del corazón, con una fe ciega inmensa. Pero, en ocasiones, toca pararse a pensar, usar eso que tenemos dentro de la cabeza, el cerebro, y detenerse a analizar la situacion, y a ponerle freno a las emociones. Por el bien de ambas partes. Tú, si eres de dejarte llevar, conseguirás dominarte, y mantener un equilibrio sano entre lo que te brota del corazón y lo que te aconseja la cabeza. Evitarás esas decepciones y tristezas que tan profundo te llegan por ser como eres.  Del otro lado, por el contrario, tenemos personas que no nos entienden, y que pueden no saber ver que somos todo sentimiento. Si no sabemos darle a cada persona la cantidad exacta de aprecio, cariño, y demás, nos arriesgamos a que no haya un punto de encuentro, y que nuestro caballo se escape y no vuelva nunca.

4.     El hombre que “susurra” al caballo sabe llevarlo. Es una persona que entiende que estas cosas pasen, y busca las razones por las que han podido ocurrir. Obliga al jinete a que se reconcilie, a que sea consciente de qué ocurrió para que el caballo sea ahora indomable. Sin prisa, pero sin pausa, aplica los métodos que considera que le van a llevar al éxito con el equino. Cuando el caballo se escapa porque está alterado, lo espera horas… Sabiendo que el caballo, cuando se calme, volverá con quien ve que le entiende. Llega a moldearlo y domarlo de tal manera que, en cierto punto, el caballo golpea su espalda con el hocico, como queriendo que él le lleve y le de lo que le ha ido dando durante ese tiempo que llevan “conociéndose”. Genera en el caballo una necesidad sana, que va calmando con un ritmo lento, pero que precisamente logra que el caballo permanezca entre la tranquilidad y la necesidad, sin agobiarse en ningún momento.


De todos estos puntos, yo me quedo con una serie de ideas concretas y que se dan en un cierto orden. Lo primordial es entender qué ha fallado, tratando de mirarse primero a uno mismo, ver si está haciendo y actuando de la manera más positiva posible. Después, bien tras gestionar este primer aspecto, bien tras comprobar que ahí no radica la problemática, tenemos que mirar en el otro extremo. Siempre nos hablan de la empatía, pero creo que es más importante entender, y no pensar en cómo se estará sintiendo. Mejor ver cómo es, y qué métodos funcionan y cuáles no. Una vez hecho ese ejercicio, hay que coger al caballo, que es la relación, y domarla. Si de primeras no accede, insistimos. Le dejamos ver quién manda, y hacia dónde queremos que vaya. Una de cal y otra de arena. Entre la fuerza y el cariño. Debemos saber que todo lo que hagamos va encaminado a que ese caballo pueda volver a ser montado, y que confíe en todo aquel que se suba a su lomo.

Si logramos nuestro propósito, conseguiremos equilibrio entre las personas y la relación, y paz. Mucha paz, sobre todo en las mentes y los corazones de las personas implicadas. En última instancia, y como último recurso, habrá que valorar la opción de sacrificar al caballo, en beneficio mutuo. Y ahí, cada uno, se irá por su lado, con la tristeza de haber acabado con algo tan bello, pero con la sensación de que no había otra manera para ninguno de los dos. 

Juan Lasheras

domingo, 17 de enero de 2016

Recorrer la vida

La vida es una carretera mayoritariamente inexplorada. Un camino que recorremos hacia delante. No están permitidos los trayectos en sentido contrario y, como mucho, puedes pararte, echar la vista atrás, y ver el suelo que has pisado, y todo lo que hay a su alrededor. Nada de lo que hagas podrá hacer cambiar lo ya vivido, si bien todo forma parte de la experiencia, y del saber.

Nuestros pasos solamente tienen una dirección, nos guste o no. Yo creo que a mí, como mínimo, me quedan 60 años vagando por esa carretera.

Y sé que me voy a encontrar zonas de la carretera con baches, grietas, y que será más tedioso pisar sobre ese suelo. También sé que, a su alrededor, encontraré campos muertos, con la hierba seca por culpa de las condiciones climatológicas. Demasiado sol, si no llueve para refrescar, acaba matando todo rastro de vida.

Otras zonas serán cuesta arriba, difíciles de subir, y donde notaré que se me agotan las fuerzas. Ahí me tocará mentalizarme de que, una vez en la cima, todo mi esfuerzo se verá recompensado por las vistas que tendré, y porque otra parte del camino será, necesariamente, cuesta abajo. Hace falta que me aprovisione bien para ese tramo del camino, porque de lo contrario dejaré parte de mi mismo por el camino, y perderé el equilibrio.

También imagino que habrá tramos llanos, con la carretera en perfecto estado, y donde lo que me rodeará serán verdes praderas, dignas de observar y en las que detenerse para respirar el aire fresco. Me llenará tanto y me gustará de tal manera que, si es posible, me quedaré ahí quieto, o soñaré con que todo lo que venga después sea similar.

Pero hay que tener cuidado. El camino está todavía por construir, y somos cada uno de nosotros los que podemos gestionar cómo va a ser. Habrá circunstancias imprevisibles que puedan deteriorar el camino y hacerlo más difícil de recorrer, pero con una buena organización, y sobre todo, con una idea clara de hacia dónde queremos llegar y cuál es la meta, recorreremos todos los tramos con cuidado, y con una sonrisa amplia en la cara.

Para recorrer todos esos tramos, necesitaremos un vehículo. Partimos de la casilla de “salida” con un carrito, empujados por nuestros padres. Durante un par de años, todo lo que vemos es perfecto, porque no nos toca evaluar nada ni gestionar los riesgos que se pueden presentar. Vivimos como reyes.

Luego ya empiezas a tener que andar, porque te apetece, y porque tus padres te dicen que empieces a dejar de vivir del cuento, que los otros niños ya andan solos. Te aguantas, te pones de pie, y empiezas a dar pasito tras pasito. Y te gusta. Es divertido. Pero es la primera experiencia, y cuesta, porque cualquier inicio de algo genera un poco de miedo e incertidumbre. Te subes al triciclo o a la bici y sigues tu camino.

Conforme vas creciendo, y sobre todo cuando llegas a una edad en la que eres consciente de que estás haciendo algo importante, coges un coche. Podría ser una moto, pero como seguro que el tiempo será duro durante partes del trayecto, mejor un coche. Te sacas el carné, y luego a por el coche. Lo quieres llenar de complementos, y empiezas a meter de todo. Pero te das cuenta después de arrancarlo y andarlo unos kilómetros de que eso no tiene pinta de que vaya a llevarte a ningún lado. Los complementos que has metido suponen más una traba que una ayuda. ¿Cómo puede ser si cuando iba en bici me venían genial? A veces pasa, y toca empezar a deshacerte de ellos y sustituirlos por otros.

Quiero hacer especial hincapié en esto, los complementos. Representan a las personas que te acompañan en el viaje. Así es como la gente entra y sale de tu vida. Hace años escribí una entrada similar, donde expresaba que hay que tomar la determinación, en ciertos momentos, de deshacerse de personas que, si bien han aportado algo a tu vida, su ciclo ya está completado, y tienes que dejarlas marchar, o a veces darles una patada en el pompis y que se vayan. Pero siempre guardando un recuerdo agradable, y sin haberlas utilizado para fines egoístas.

Sobre la elección de estos “complementos” se construye el coche. Son, por ejemplo, las ruedas, el combustible, los asientos, o incluso la radio. Todo tiene que ayudar a que el viaje sea muy agradable. Porque lo único que elegimos es el medio de transporte. Y si podemos, que sea lo más cómodo posible. Si se pincha una rueda, la cambias. Si se estropea un asiento, pones otro en su lugar, y si la radio está estropeada, la arreglas o la cambias. No obstante, no hay que tirar todo a la primera de cambio. Pero hay veces que sabes perfectamente que algo no puede arreglarse, y que te evitas tiempo y problemas si lo cambias y dejas de pensar en ello.

Elegir con cuidado qué metemos en el coche es algo fundamental. Pero no te preocupes si te equivocas, siempre estás a tiempo de hacer cambios. No tienes ninguna prisa por llegar a tu destino, que no está escrito más que por ti. Por eso, haz pruebas, ponle una cosa, quítale otra… No te preocupes si ves que algo parece que funciona pero luego deja de hacerlo. Es normal. Nadie sabe a ciencia cierta qué funciona con seguridad, salvo un elemento: la familia. No quiero entrar en esto, pero la familia es imprescindible, y lo que nunca fallará. Es como una grúa, que vendrá a ayudarnos a resolver los problemas. Siempre la tendrás ahí.

¿Cómo saber qué encaja en tu coche? Es simple, aunque a veces queramos hacerlo más complicado. Por ejemplo, si tienes una rueda cuadrada, por muy bonita que te parezca y muy chula, salvo que la metas en el maletero y la dejes ahí para siempre, suponiendo una carga, no va a servirte para nada. Eso, tíralo. Tu coche tiene que ser como un pequeño LEGO: las piezas pueden ser de distintos colores y formas, pero tienen que encajar unas con otras. La pieza que no encaje, mírala bien, analízala, estudia si puedes colocarla en algún otro sitio, y si no… Déjala por el camino. Pero déjala en su estado original. Quizás pase alguien después y pueda aprovecharla para su coche.

Pasarán años, y si haces una foto al inicio y otra durante el recorrido, te darás cuenta de que el coche ha cambiado, de que no es como el original, pero te alegrarás de saber que te lleva a tu destino, y, lo que es más importante, de que hay algo que, pase el tiempo que pase, siempre aparece en la foto: tú.

Toma todas las decisiones que quieras, sabiendo desde el principio que lo importante es que vayas recorriendo la vida de la mejor manera posible. Tú eres lo importante de esta historia, de este viaje. El resto de “complementos” son prescindibles. Conduce tú, y gestiónate tú. No dejes que nada te ciegue, ni que te entorpezca en tu ruta. Si ves que algo no va a funcionar, por mucha pena que te dé tirarlo o no poder usarlo más… Piensa que si decides dejar esa pieza en tu coche, te vas a quedar parado.

Déjate llevar por la intuición a la hora de recoger piezas por el camino. Si ves algo que parece muy útil pero algo en tu interior te dice que eso te va a dar más tristezas que alegrías, pasa de largo. Si lo coges y te equivocas, habrá sido un lastre.

Solo tenemos una vida, y tenemos que vivirla felices. Todo lo malo, fuera. Todo lo bueno, con nosotros. Siente el coche, y localiza los problemas. Nunca olvides que tu camino lo haces y recorres tú, por favor. 


Juan Lasheras

viernes, 27 de noviembre de 2015

Mi realidad


Hola. Qué buen tema para volver.

Siempre es agradable reflexionar y sacar el lado filosófico.

Empecemos.

“La realidad es que…”, se dice. No lo dices tú, lo dice todo el mundo. Parece que existe una realidad para cada persona, o que cada persona interpreta la realidad. Nos acomodamos a una vida en la que las cosas son como queremos verlas, y no como deben ser. Y yo soy el primero en reconocerlo. A veces uno es responsable de algo pero siempre lo traslada a los demás, utilizando razonamientos complejos que, en la realidad en la que uno se mueve, son creíbles.

Con estos comportamientos, muchas veces rompemos los lazos inocentes que se crean entre las personas. Unos lazos que, si ya de normal es difícil que se creen, tienden a esconderse si ven que los rompen sin piedad. Evolucionan y se ocultan hasta que ven el terreno lo suficientemente seguro como para establecerse entre dos extremos. Pero, si construimos realidades paralelas, no harán sino desvanecerse a la primera de cambio, para quizás nunca más regresar.

Estamos tan acostumbrados a esquivar la responsabilidad, a escudarnos en lo que creemos que hacemos bien, que perdemos la perspectiva, la objetividad, y la capacidad para reconocer nuestros errores.

Ocurre en todos los aspectos de la vida de una persona. El familiar, el profesional, el personal… Este virus nos ha ganado la partida, y nos ha vuelto turbios, como el agua en un día de tormenta. No hay claridad en los ojos de quien miras cuando hablas. Lo parece, porque queramos o no, hay seguridad en la mirada, en ese espejo del alma. Yo oigo a la gente hablar de temas de los que discrepo, pero lo dicen con tanta seguridad que tienes que creer a pies juntillas lo que te están contando.

Bien nos vendría una ducha de agua fría para que el cerebro empezase a pensar con más lentitud. Experimentar la sensación de querer justificar un acto erróneo es muy gratificante (que no reconfortante), como también puede serlo cualquier tipo de comida basura. Pero, al igual que con esta última, la primera deja un poso negativo: cada vez que aceptamos guiarnos por la realidad desvirtuada, nuestro corazón se vuelve un poco más pequeño. Se nos llena de suciedad, y los primeros huecos que caen son los de la sinceridad y la transparencia.

Pierdes lo poco que te quedaba de la infancia, de ese estado inocente, puro, y sin vicios. Cuando eres un niño, eres capaz de tener tu propia forma de ser, y cuando ves que los mayores hacen las cosas mal, lo identificas, no lo comprendes, y sigues haciendo las cosas bien. Porque no entiendes. Entender, muchas veces, es un arma de doble filo. Nos sirve para madurar, pero en más de una ocasión esa madurez viene con un parásito, que es la maldad. Una maldad a caballo entre la inevitabilidad y la posibilidad de expulsarla de nuestro interior. Porque es posible ser sincero, si uno quiere.  Y no es culpa de nadie más que de uno mismo el no poner los medios para sacarla fuera. Porque decides recurrir a la mentira, al autoengaño, y a la perspectiva subjetiva de una "realidad" para evitarte los remordimientos, o para justificar conductas equivocadas, como decía antes.

Y es que atrae. Nadie lo pone en duda. Todo lo malo, por definición, atrae.

Pero está en nosotros mismos el recuperar el dominio de nuestra mente, y de nuestro corazón. Cerrar las puertas a “mi” realidad, y abrirnos a un mundo donde reconocer los errores, pedir perdón, sincerarse… sean la base para un mundo mucho mejor.

Y se puede.Construir puentes sólidos entre personas.

Lo espero con muchas ganas, porque solo tiene consecuencias positivas.

Pero, desde mi realidad, no se quiere.

sábado, 5 de abril de 2014

Porque estamos aquí para ser felices


Qué fácil suena el título, y qué difícil es conseguirlo, ¿verdad? Pues bien, esta noche me siento con ganas de demostrar que nada es difícil, si le pones ganas, y tampoco lo es llegar a ser feliz.

Lo básico es, dicho desde ya, ser desprendidos, y no tenerle apego a lo material. Ni a los deseos de uno mismo. Es coger lo que tienes, mirarlo con cariño, sacarle todo lo mejor que se pueda sacar, y sonreír.

¿Qué sentido tiene buscar la felicidad fuera de lo que ya tenemos? Familia, amigos, pareja, estudios… Todo eso tiene que significar algo más que una manera de ocupar nuestro día, y creo que somos demasiado rebuscados si no lo vemos así.

Yo soy feliz desde el día en que nací. Desde que abrí mis pequeños ojos, dentro de mi cara rechoncha, y vi primero al médico, que no cuenta, pero luego a mi madre, que acababa de sufrir lo indecible para traerme a la vida. Y después a mi padre, que quizás me veía como un gasto más en la casa, pero sumaba a su ya inmensa capacidad para querer, un poquito más, haciendo sitio para mi.

Mis amigos… pocos, pero buenos. Estén donde estén, y sobre todo si los echo de menos, solo puedo sacarles virtudes. Y también cuando los tengo delante, que no os quepa duda. Tengo a los mejores amigos del mundo. No importa la cantidad sino la calidad. Y puedo decir que los míos, empezando desde los que llevan más tiempo a mi lado, hasta los que más tarde se han incorporado, son lo mejor que me ha podido pasar en la vida. Quiero darles a todos las gracias, porque han sido un pilar fundamental para que quiera despertar cada día con una sonrisa en la cara.

Mi novia, que me quiere mucho y me aguanta más cada día. Todas mis bromas, mis formas de sacarla de quicio, incluso mis “mordiscos” cariñosos (diga lo que diga ella, son cariñosos y fijo que no duelen tanto como dice). Me enseña, con lo bueno y con lo malo, a ser mejor persona.

Los estudios… En fin, me enseñan. Y este curso me he dado cuenta de que cuando los coges con gusto y ganas, son un interés más de mi vida. Y disfruto, siempre que me es posible.

No me puedo olvidar de eso material que me hace olvidarme un poquito de los “sufrimientos” diarios, y que mayormente disfruto durante el fin de semana: el coche. Es una gozada conducir, donde haga falta. Tú pon la pasta necesaria para llevarte y yo, siempre que pueda, lo haré. Es increíble lo que impone un coche, y más pensar que es tuyo, que eres capaz de conducirlo, mantenerlo, e incluso cogerle cariño. Aún no le he puesto nombre, así que se admiten sugerencias.

Bien… Dicho todo esto, podéis comprobar cuánto de importante son las cosas materiales frente a las personas, y qué puedo añorar que no tenga ya. Una familia grande, y buena. Unos amigos que más bien siempre tiendo a mirar como si no me correspondieran. Una pareja que adoro, y que me quiere mucho. Unos estudios a los que me debo, y que muchas veces responden para enseñarme cosas entretenidas. Y mi coche, que me permite alejarme de todo si algún día me sobrevienen cosas que no pueda aguantar.

No hace falta nada más, incluso podría prescindir del coche, el móvil, el ordenador... Siempre tengo lo que me hace feliz a mano, y es que no necesito buscar lo que llevo años teniendo, que son las fuentes de mi felicidad. Y tengo mucho que agradecer, por supuesto que lo tengo, a quien sea que vele por nosotros, donde quiera que esté. Conmigo se pasó desde el primer día, y solo espero seguir contando con su ayuda para que no deje de darme cuenta de todo lo que tengo, que sois, en definitiva, vosotros, los que leéis.

Para terminar, y por si os sirve de consejo, solamente quiero que veáis que todo lo que tenemos cuenta, y que seguir buscando “felicidad”, y más si es material, no va a llevarnos más que a querer más cosas inútiles. De verdad, que todo lo que necesitas para ser feliz te lo dan las personas, y no las cosas. Y con las personas puedes hablar, reír, llorar, confesar secretos… Y te harán todas ellas mejor persona.

“La esconderemos dentro de ellos mismos, estarán tan ocupados buscándola fuera, que nunca la encontrarán”. Todos estuvieron de acuerdo y desde entonces ha sido así: “el humano se pasa la vida buscando la felicidad sin saber que la trae consigo”   

sábado, 15 de marzo de 2014

Evita ser uno más: diferénciate y destaca


Juzgar sin saber, opinar sin entender, y criticar sin conocer, son, sin duda alguna, las peores lacras que han podido afincarse en la mente del ser humano. Es tan fácil, y cuesta tan poco hacer las cosas mal… Que no nos preocupa nada lo que podamos estar perdiendo, lo que podamos estar hiriendo, o la injusticia que podamos estar creando o fomentando. Y nadie, absolutamente nadie, querría ser objeto de juicios injustos, opiniones sin fundamento y críticas gratuitas. Nadie. Ni tú, ni el de al lado, ni el de más allá, y mucho menos yo mismo.

Por tanto, ¿cómo podemos actuar en estos casos? Creo que no podríamos empezar de mejor manera que diciendo una verdad como un templo, y es que la gente es complicada.

Yo soy complicado, pero solamente si le buscas tres pies al gato. Mientras no hagas cosas raras, no hay problema. Sin embargo, si te equivocas conmigo, es cuando florecen mis instintos rebuscados, y uno de ellos es el de querer darle a todo su sentido racional, realista, para poder llegar a comprender qué se esconde más allá de gestos, palabras… Cualidad o no, suelo tender a entender bien qué ocurre a mi alrededor, y cómo compaginar aquello con mi día a día.

Entiendo el contexto pero no puedo prever cómo actuarán las personas, simplemente manejo mi vida, mis pensamientos, mis críticas bien construidas, y me alejo de la facilidad del ir por detrás, meterme donde no me llaman y “hacer a los demás lo que no me gustaría que me hicieran a mi”. Y es, siendo lo que soy hoy en día, de lo que más me enorgullezco. Porque no caigo en la descalificación gratuita, incluso la justificada me cuesta. Es difícil sacarme de mis casillas porque, mis 7 hermanos y las experiencias, van forjando mi carácter.

En todos lados encontrarás personas malas. Las hay donde menos te lo esperas, es lo “mágico” del ser humano. ¿Qué caracteriza a dichas personas? Lo fundamental es la falta de personalidad, unida a una gran inseguridad interior. No hay nada peor que creerse un don nadie, no saber por dónde tirar, y buscar aceptación allá donde se vaya. En cierto sentido no es culpa íntegra de la persona en sí, pero todos tenemos el poder de forjarnos a nosotros mismos, por lo que, creo yo, no hay excusa posible para no mejorar.

¿Qué puedes hacer tú si quieres mejorar como persona? Sé tú mismo, y opina una vez entiendas las cosas que se te plantean, una vez escuches las dos partes de una versión, o la que te falta si tú formas parte de la discusión. En otras ocasiones es un tratar de ponerse en la piel de la otra persona para ver cómo reacciona a los estímulos que nosotros le proporcionamos. Podría deciros que esto se me ocurre porque es básico para crecer como persona, pero en estos casos aflora más el miedo a que hagan con uno mismo lo que uno puede llegar a hacer con otras personas, y entonces entra en juego un instinto natural, no sé si llamarlo de supervivencia, que hace que piense las cosas dos o más veces antes de caer en un gravísimo error.

Es sencillo de ver: si tú eres considerado, si eres correcto y actúas por delante, lo que otros puedan querer decir por detrás, equivocados y sin más ánimo que satisfacer el vacío que tienen en sus vidas, no supondrá un problema. Llevo aplicando varios años este modo de ver las cosas, y me da resultados increíbles. Puedo decir que tengo una gran mayoría de amigos, si no todos, que son conmigo como yo soy con ellos, y eso se consigue con esfuerzo y con personalidad. Mientras no tengas esa personalidad única, particular, ese ser tú mismo, vagarás por todos lados buscando carroña, aceptación barata, y perdiéndote en todos los aspectos.

Que sea duro de ver no quita todo lo real que es. La vida nos trata como nosotros la tratamos a ella. Un equilibrio perfecto que, si bien a veces tarda en llegar, nunca decepciona, y ningún esfuerzo es en balde. No hay nada más injusto que actuar mal con una persona que va de frente, con sinceridad y sencillez. Eso es como clavarle un puñal por la espalda a la persona a la que más quieres. Aunque, a veces, las mentes humanas crean capas, escudos protectores frente a los dilemas morales y las dudas razonables sobre las acciones que llevamos a cabo. Hay que tener cuidado de no acabar en un búnker mental, sin posibilidad de discernir entre lo que, por naturaleza, es bueno o es malo.

¿Mi consejo? Pegarse a gente que merezca la pena. Y la verdad es que a esa gente se la ve de lejos. O al menos me parece que es así. Hay diferencias sutiles entre alguien turbio, oscuro, y alguien claro y directo, que están presentes incluso en la mirada. Las personas con virtudes y mucho que compartir vienen con una sonrisa y un aura de sensación de tranquilidad y seguridad que se contagian enseguida. Y llena mucho, incluso solamente el tener a ese tipo de personas cerca. Yo creo que el mejor consejo que puedo dar se divide en dos: en primer lugar, la reflexión y el aprendizaje a base de observar a aquellos que consideramos buenas personas; y, por otro lado, la constancia en la lucha diaria por no cometer errores, juzgando con sabiduría, y con el factor de la presunción de inocencia hasta que algo tangible, contrastable, y real, nos haga tener un juicio claro. Si se siguen estos dos “consejos”, difícil será equivocarse.

Y muchas veces, para terminar con esta entrada, lo que sin duda diferencia a LA persona es que, aun pudiendo juzgar y demostrar su razón frente a las equivocaciones del resto, calla y sonríe, y sigue su camino, alejándose de cualquier foco de problemas o ambiente que no proporcione nada de bienestar.

domingo, 2 de marzo de 2014

Ella


Esta es, sin duda alguna, la entrada que mejor quiero que salga. En ella os voy a presentar y a desgranar a la persona más importante de mi vida, y creo que de la vida de toda mi familia. Un día llegué a escribir que el mejor amigo es el que no se hace de notar, pues bien, en este caso, y de forma análoga, la mejor persona del mundo es la que pasa desapercibida para todos, la que no acapara foco alguno, y con la que cometemos muchas veces el error de no reconocer toda la gran labor que hace día tras día desde que empezó lo que yo llamaría su “aventura”.

Esa persona es mi madre.

Quiero mucho a mi madre. Mucho más de lo que jamás llegaré a querer a ninguna otra persona. Sin ella, no sería nada de lo que soy hoy en día. Sin su atención, su dedicación, su mano dura, y su dulzura en los momentos necesarios. Si algo quiero llegar a ser en mi vida es la mitad de bueno que ella, un cuarto de inteligente, y otro cuarto de fuerte. Fuerte, porque ser madre siempre es duro. Inteligente, porque manejar una casa con 8 hijos no es tarea fácil. Y buena porque, aunque su papel sea el de hacernos la vida un poco menos “comodona”, todo lo que hace en su día a día es lo mejor para todos, y por consiguiente para ella.

Es una sufridora nata. No he visto a nadie hacer tantas tareas de la casa como a ella, ni interponerse entre un hijo y sus “deseos” de fregar para hacerlo ella. Ha cogido personas imperfectas, que van dando tumbos durante su época de desarrollo y crecimiento, y las ha convertido a todas en personas hechas y derechas. Y con la otra mano ha ayudado a su marido, para que llegue a ser quien es hoy.

Todas las madres, y por ende las mujeres, tienen muchísima más fuerza de la que nosotros, los hombres, y los hijos, jamás podríamos imaginar. Son una especie de superheroínas, y creo que incluso este término se quedaría corto.

Es la mejor. Lo siento por vosotros, pero es algo que no es negociable. Y, como de costumbre, expongo argumentos para demostrar lo que digo.

Cuando hay comida rica pero una parte “menos rica”, es la primera en cogerla. No nos hemos ni sentado a la mesa y ya vemos que falta ese trozo de pescado lleno de espinas. Se empeña en hacerle la competencia a mi padre en este aspecto.

Cuando hay que recoger, mi madre jamás en la vida se escaquea. La primera que se levanta y la última que se sienta. Mientras todos podemos estar disfrutando, descansando, o lo que sea que hagamos  después de comer, mi madre está fregando y limpiando la cocina.

Es una mujer que, a sus años (sean los que sean), sigue pareciendo tan joven como si tuviese 20. Tiene su carácter, y muy fuerte, pero… ¿quién en su situación no? Tengo un padre que está a mil cosas, mi otra inspiración de cara al futuro, y que digamos que eligió primero entre ser poli bueno o poli malo en casa. Mi madre, por tanto, volvió a escoger ese trozo de carne con nervio, difícil de comer, y que no está tan rico como el trozo más jugoso. 

Y ahí sigue, casi 40 años después, al pie del cañón y con la misma filosofía de no dejar que nos acomodemos ni en el sofá de casa. Cada vez que puede, se acerca al salón, pone voz de “aaaay cómo desperdiciáis vuestra vida” y nos lanza frases que llegan directamente a nuestra conciencia. Solamente las suyas llegan tan profundo y siempre dejan huella. Es un talento natural, y no hay escudo que no penetre. ¿Y qué hacemos nosotros? Nos enfadamos con ella, como si lo que dijera no fuese verdad. Pero la realidad es que si nos duele es porque es muy pero que muy cierto.

Es peculiar, en el buen sentido de la palabra. Para nosotros siempre lo mejor, sea lo que sea, y para ella lo menos caro. No lo entiendo. Pudiendo comprarse de vez en cuando algún capricho, tiene que ser su marido quien lo haga o, en su defecto, sus hijos. Calcula el dinero para ella como si fuese un bien escaso (no me malinterpretéis, lo es, pero mi madre tiene la suerte de haber obtenido mejores frutos de su trabajo), y siempre tiene sus cuentas mentales hechas. Casi diría que le cuesta llegar a fin de mes.

Trabaja en silencio, sin levantar sospechas, podríamos decir. Hace las cosas tan bien y siempre con tanta constancia que parece que no haga nada. No me malinterpretéis, es trabajadora como ella sola, pero muchas veces da la sensación de que, como lo vemos tan normal, tan… ¡Que parece que no le cuesta! Pues… No lo apreciamos.

Y qué decir de lo que quiere y apoya a mi padre. Qué sería de él de no haber tenido a esta “supermujer” en su vida. Siempre tendemos a reconocer lo que mi padre hace, que es extraordinario, y muy meritorio, porque él ha conseguido llegar a ser quien es gracias a su talento, a su dedicación, pero también en gran parte gracias al equilibrio y seguridad que le proporciona mi madre. Repito, hace las cosas que parece que no las esté haciendo, y no solo eso sino que, además, nunca se apunta el mérito.

Aunque pueda intentar esconderlo, está claro que quiere, como todos, cariño. Y muchas veces me siento muy mal cuando no reacciono como debo delante de ella. Es un comportamiento tan egoísta y tan desagradecido... 

Como ya he dicho es una mujer con un carácter muy fuerte, pero porque le ha tocado ser así. Ojalá no tuviera que serlo. Aun y todo la quiero como a nadie, y la respeto muchísimo, a ella y a todas las cosas que salen por su boca, bien sean pequeños halagos, o la más sincera de las críticas. Sé que siempre dice lo que considera lo mejor para nosotros, y que jamás nos aconsejaría nada que previamente no se fuese a aplicar ella misma. Igual que dice que nunca nos daría nada de comer que ella no hubiera comido primero. Qué raro, todo lo puedo aplicar a la comida…

Seguiría diciendo mil y una cosas más sobre ella, porque las tengo todas grabadas en el corazón, pero es que… En su caso es difícil decir todo aquello que considero un mérito y un motivo para sentirme orgulloso de tenerla como madre. Yo lo sé, pero digamos que es como la fe. Está ahí, dentro de nosotros, y no dudamos nunca de ella, pero muchas veces no es fácil de exteriorizar con las palabras adecuadas. Y en parte, o todo, no me gusta no poder definirla, porque me crea una sensación de inseguridad que no me deja tranquilo. Creo que es más fácil que la gente del exterior pueda dar una definición más o menos aproximada de ella, a que seamos nosotros, su familia, quienes lo hagamos. Espero poder ser en la vida igual de humilde y pasar tan desapercibido como ella, pero haciendo siempre las cosas bien, como hace ella.

Todo lo que diga se queda corto, todo lo que diga es poco, para tanta madre que me ha tocado. Se conforma con ver las sonrisas, con notar las alegrías de los demás, y eso la hace feliz. Hijos, cuñados, sobrinos, nietos, suegros, hermanos, amigos... Siempre haciendo feliz  a todo el que la rodea. Pero nunca quiere nada para si misma.

Es sorprendente, y a la vez un enigma. 

Y lo tengo claro: quiero aprender y ser lo más parecido posible a lo que su figura representa para mi: todo lo bueno, habido y por haber, y la más perfecta de las perfecciones. Y aun así rompe la regla de que “la perfección es aburrida”, porque siempre encontrará algo con lo que mantenernos despiertos, aunque yo lo llamaría más bien “sacarnos de quicio”. Y no estoy diciendo con eso que no tenga razón, porque es más bien todo lo contrario. Siempre tiene razón en lo que dice, y consigue dar en el clavo sobre aquello que ve que tenemos que mejorar y que, nos guste o no, nosotros también sabemos que deberíamos mejorar.

Por esto, y por mucho más: gracias por todo, mamá.

Juan


jueves, 27 de febrero de 2014

De la penitencia, la moral, la justicia, y el insomnio a las 4 de la mañana.


No puedo dormir. La mente racional lucha contra los sentimientos que me invaden cada vez que me quedo solo, y me pongo a pensar. Son tantas cosas… Y tan poca la capacidad para darle una respuesta razonable… Supongo que la vida está llena de sinsentidos y que otros, igual que puede pasarme a mi, actuarán sin ningún tipo de lógica o pauta preestablecida.

Lo difícil está en poder acallar todo lo que te viene a la cabeza cuando no eres capaz de soportar que las cosas pasen de la manera en que pasan. Pensad, en cualquier situación, cualquiera en la que os hayáis visto implicados y que no fuese vuestra culpa. ¿Cuál fue vuestra reacción? Si todos somos parecidos al menos en ese aspecto tan irracional, no me queda otra que decir que la tónica general es ponerse hecho una fiera, y querer cargarnos lo que sea que nos ha producido la injusticia, al menos aquellos que consideramos injusticia desde un punto de vista subjetivo.

Yo soy el primero que levanto la mano y digo que sufro ese tipo de cosas. El mundo está lleno de injusticias, si no decidme por qué unos pocos selectos, a base de enchufes y chupar culos, han escalado en el ámbito político y están ahora llenándose los bolsillos, ya no menciono si legal o ilegalmente, a costa de aquello que a los contribuyentes les cuesta tanto sudor conseguir. Y muchas veces teniendo un único papel de votar para conseguir que algo del partido salga adelante.

Y es que así es la vida señores. Llena de multitud de injusticias, decepciones, rabia, frustración… Yo diría que es más fácil sentir aquello que surgió como contraposición a todo lo positivo que existía en los inicios del ser humano. Dios sabe dónde se esconden ahora la justicia, el sentirse orgulloso, la alegría, la satisfacción… Lo bueno es que cuanto antes te hagas a la idea de que el mundo es como pegarse contra una pared de piedra fría, antes podrás ver qué haces con ella, y si puedes evitarla o incluso sacarle algún rendimiento.


El fallo que existe en este mundo, aunque suene duro, es la libertad. La libertad tiene todo lo bonito que os podáis imaginar, y es un derecho fundamental. Nadie niega que tenga un aspecto positivo, y mucho además. Sin embargo, bajemos de nuevo al mundo real. ¿Qué vemos? Que prima más hacer ese uso de la libertad para sobrepasarse, para ir más allá de los límites morales, por el mero hecho de que somos libres y podemos acallar la conciencia, burlar al brazo jurídico del Estado, y hacer casi lo que nos venga en gana. Y eso es fruto de nuestra libertad mal utilizada.

La libertad, entendida como tal, es el poder hacer lo que uno quiera sin imposiciones externas. No obstante, en el momento en que entramos en sociedad, en contacto con otros, ese “lo que uno quiera sin imposiciones externas” tiene que ser retocado, ya que no podemos hacer lo que nos venga en gana si ese actuar libremente perjudica a alguien que no tiene nada que ver con aquello sobre lo que tu libertad quiere actuar. Eso es algo que muchos se niegan a ver, y se escudan, e incluso acallan conciencia y moral, ambas fundamentales para poder ser una persona buena. No hablo de religiones ni de política, hablo de la bondad. Porque se puede ser de izquierdas y tener un corazón enorme, y ser de derechas y que ello no implique que no se respete al resto o que se sea autoritario. Por encima del cumplimiento de las normas que hemos ido positivando están, sin duda alguna, moral y conciencia.

El defecto que tenemos los que pensamos mucho con la cabeza, con el lado más racional, es que no tenemos en cuenta, al menos del todo, el más que posible y actualmente extendido parámetro de una mente ausente de valores morales innatos, acallados y eliminados por conveniencia y como consecuencia de una vida bastante poco sana. Y como no entendemos que alguien pueda desprenderse de lo básico, que no se enseña en ningún lado, si no que se siente en el corazón, pues nos preguntamos una y otra vez cómo puede haber tanta mala gente en todos lados.

Repito, que los que podemos llegar a la conclusión de que alguien no es buena persona no lo hacemos con base en valores temporales, como son ideología o religión. Pensamos únicamente en la moral, atemporal, y una moral bastante lógica, aplicada a los casos más extremos que nos conduzcan a las respuestas más sinceras y desnudas, ante las cuales no nos quede otra que reconocer nuestro error o que nuestro planteamiento principal es falso, demagogo, e hipócrita.

En la vida hay un antes y un después. Bueno, en realidad puede haber cientos de ellos. Eso nos hace ver la facilidad con la que nos podemos equivocar, sea en un sentido propio o como consecuencia de algo externo. Cada vez que caemos en algo que nos hace daño, tenemos la capacidad de olvidar todo lo aprendido y seguir el nuevo camino que nos ofrece el tropiezo, o simplemente ir sumando experiencias a las ya vividas, pudiendo evitar tropiezos con piedras que ya sepamos esquivar.

Sin embargo, hay dos cosas sobre las que quizás nunca pensemos cuando nos pasa algo así. Y hablo sencillamente de un “examen de conciencia” y de una posterior y fundamental penitencia.

El examen de conciencia nos ayuda a mejorar en esos aspectos que nos han llevado a la situación crítica que provoca el “antes y después”. Es la reacción ante ese hecho trascendental la que nos hace volver atrás en el pasado y ver dónde nos equivocamos, en qué momento, con quién, y cuál fue nuestra “reacción cerebral”. Todo ello permite que podamos blindarnos un poco más, como si de una versión de prueba se tratara el ir creciendo en edad y mentalidad. A cada año que pasa, una versión “beta”, o una nueva actualización. Al fin y al cabo, los sistemas operativos lanzan actualizaciones conforme recopilan informes de errores y les dan solución. Así somos, señoras y señores, un hardware con patas, con un software constantemente en crecimiento.

Después de ese examen llega la penitencia. Se puede entender en dos vertientes. La primera es la que tiene como culpable material del hecho causante a nosotros mismos. Esa penitencia es bien merecida, un castigo justo por los errores cometidos. Luego está la penitencia a causa de acciones que nos tienen como objetivo a nosotros. Ante esas acciones, y tras el oportuno examen de conciencia, solo nos queda sufrir y reaccionar ante las puñaladas y decepciones que podamos sufrir en nuestro grande pero frágil corazón. Y sinceramente duelen más que las primeras.

Duelen más. Por el factor externo que ello conlleva. Yo puedo cometer un error, y sufro, pero sé que lo voy a cambiar, si es que soy de los que quieren buscar el bien mío y de los que me rodean a la vez. Si soy egoísta, entonces me salto esta parte y todas, y que le den un rato al mundo, claro que sí. Pero si es otro el que te hace daño, pueden darse mil factores, entre los que se encuentran el egoísmo de la persona que hiere, o el desconocimiento, o la falta de intenciones de cambiar, la falta de madurez, y muchas otras, que nos hacen sufrir, porque no controlamos el proceso e, instintivamente, tendemos a fiarnos más bien poco en aquellos casos en los que, injustamente, se nos hace daño.

Es muy duro, y lo sabréis todos, que os hagan daño sin tener motivos. Daño injusto, daño traicionero. Es una penitencia la que hay que cumplir que por narices hay que pasarla, pero duele y escuece más que cualquier otra. ¿Por qué tengo que dejar que todo siga adelante? ¿Por qué no puedo yo tomarme cierta justicia por mi mismo? Pues porque la vida no va así. Y creedme, he tenido posibilidades más que cercanas de hacer daño a quien se lo merece, pero creo que no me toca a mi. Sumadle este sentimiento de rabia e impotencia a la penitencia, que ya era dura de por sí, pero con esto se vuelve aún más divertida.

Penitencia. Es como que te fractures la pierna y no puedas moverte. Sabes que quieres hacer algo para ir recuperándote pero no hay manera, y solo puedes quedarte impotente esperando a que se cure, y que puedas volver a andar, para saber que no vas a volver a hacer aquel deporte, aquel salto, aquel juego… que te han llevado a causarte daño.

Creo que es suficiente. Os doy un simple consejo y es que, siempre que podáis, le quitéis hierro al asunto. Si sois vosotros la causa, haced todo lo que esté en vuestra mano por cambiar, y hacedlo para demostraros a vosotros que podéis ser mejores. Si es otro quien os hace daño, dejad que el agua fluya en el río, porque, tarde o temprano, todo vuelve, y nada pasa desapercibido. Llamadlo karma, o justicia etérea. Pero estad seguros de que una situación injusta tiene que volver a su ser normal, y si se ha desajustado por vuestro lado, tendrá que “castigar” a la otra parte de la balanza.

Gracias por leer.